La médica Fernanda Montes de Oca, especialista en ciencias de la nutrición e inmunología avanzada, salió del esquema clásico para explicar la hipertensión: comenzó por la física de los fluidos.
En condiciones normales, la sangre circula en capas ordenadas, lo que se llama flujo laminar. Cuando algo altera ese equilibrio —la rigidez de los vasos, cambios en su diámetro, placas de ateroma o estenosis— el flujo se vuelve turbulento. Y la turbulencia, sostenida en el tiempo y donde no debería existir, daña la capa interna de las arterias: el endotelio.
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"El endotelio no es solo un recubrimiento de vasos. Es un órgano activo que regula el tono vascular", señaló la especialista. Produce óxido nítrico, que relaja los vasos e inhibe la inflamación. Cuando se lesiona, deja de cumplir esa función protectora y empieza a formar parte del problema.
El círculo que no paraA partir del daño endotelial, se desencadena una reacción en cadena. Disminuye el óxido nítrico y aumentan sustancias vasoconstrictoras como la endotelina. Los vasos se contraen, generan más resistencia al flujo y el corazón necesita ejercer más fuerza para mantener la circulación. La presión sube.
Esa presión más alta, a su vez, daña más el endotelio. Y el vaso, sometido a esta tensión sostenida, va perdiendo elasticidad: acumula colágeno, pierde elastina y se vuelve rígido. Así, el problema se retroalimenta sin necesidad de nuevos factores externos.
La especialista recurrió a la ley de Poiseuille para ilustrar el mecanismo: la resistencia al flujo depende del radio del vaso elevado a la cuarta potencia. Un vaso levemente más estrecho multiplica de forma dramática la resistencia. Y para vencer esa resistencia, el cuerpo eleva la presión.
El rol silencioso del riñón
El riñón cumple un papel central y, en muchos casos, poco reconocido en la progresión de la hipertensión. Cuando percibe que recibe menos flujo sanguíneo, activa el sistema renina-angiotensina-aldosterona. Este sistema produce angiotensina II, una de las moléculas más potentes para contraer los vasos, y provoca retención de sodio y agua. El resultado es un mayor volumen de sangre en circulación y, con ello, más presión.
"Por eso la hipertensión progresa. Porque es un proceso biológico que se autoalimenta", sintetizó Montes de Oca.
Factores de riesgo: Más allá de la sal y el sedentarismo
La especialista repasó los principales factores que precipitan o aceleran el proceso. El tabaco encabeza la lista como el factor modificable más potente. El sobrepeso, especialmente cuando se asocia a resistencia a la insulina, también ocupa un lugar destacado: la insulina tiene efectos directos sobre el tono vascular.
El sodio importa, pero con matices: en un organismo con riñón y sistema hormonal funcionando bien, su exceso es manejable. El problema surge cuando ya existe disfunción endotelial o alteraciones en la sensibilidad a la insulina.
A estos se suman la edad, el sedentarismo, el estrés crónico, la apnea obstructiva del sueño, la enfermedad renal en etapas tempranas y ciertos medicamentos —antiinflamatorios no esteroideos, anticonceptivos hormonales y algunos antidepresivos— que pueden elevar la presión como efecto colateral.
Una cifra que preocupa: casi la mitad no lo sabe
Según datos de la Organización Mundial de la Salud, en 2024 aproximadamente 1.400 millones de adultos de entre 30 y 79 años tenían hipertensión, lo que representa el 33% de esa franja etaria. Dos tercios viven en países de ingreso bajo y mediano.
Más llamativo aún: cerca de 600 millones de personas —el 44% del total— desconocen que la padecen. Solo el 23%, alrededor de 320 millones de adultos, tiene la afección bajo control.
La causa más frecuente sigue siendo la llamada hipertensión esencial o idiopática. "No es que no tenga causa —aclaró Montes de Oca—. Es que es el resultado de varios mini desajustes que, sumados, alteran el equilibrio".
¿Se puede revertir?
La respuesta de la especialista es cautelosa pero no pesimista. El proceso puede frenarse, mejorarse e incluso revertirse parcialmente. Pero no siempre es posible volver al punto de partida. La clave está en intervenir antes de que el daño estructural sea demasiado profundo.
Un dato clínico que destacó: medir la presión en ambos brazos no es un gesto menor. Una diferencia mayor a 15 mmHg entre uno y otro puede ser señal de enfermedad vascular subyacente que requiere evaluación.