“Aún parece que vienen del futuro”: el regreso de las Oakley, las gafas de bakala que también llevan el juez Peinado o la princesa Ana

“Aún parece que vienen del futuro”: el regreso de las Oakley, las gafas de bakala que también llevan el juez Peinado o la princesa Ana

Hubo un tiempo (pongamos que hablamos del año 2000) en que un par de gafas de sol Oakley eran el accesorio definitivo para alguien a quien la moda no le importaba lo más mínimo. O eso parecía. Las llevaban ciclistas profesionales, corredores, surfistas, skaters, aficionados al motocross y una fauna humana que durante años ocupó los márgenes de las tendencias: ravers, bakalas, punks tecnológicos y adolescentes fascinados por un futuro que todavía parecía estar por llegar. Eran gafas agresivas, aerodinámicas, envolventes. Diseños que parecían concebidos por ingenieros aeronáuticos más que por diseñadores de moda. Durante años fueron consideradas demasiado técnicas para ser elegantes y demasiado extrañas para ser bonitas.

“Aún parece que vienen del futuro”: el regreso de las Oakley, las gafas de bakala que también llevan el juez Peinado o la princesa Ana
Oakley llegó a demandar a Nike por la copia de algunos de sus diseños.Alex Garcia (Los Angeles Times via Getty Imag)

Reducidas a la tipología acuñada como “gafa ravera”, en los últimos meses han reaparecido en festivales de música electrónica, en las semanas de la moda, en TikTok, en los feeds de Instagram de modelos y celebridades, y en las colecciones de algunas de las firmas más influyentes. Las gafas máscara con montura envolvente y líneas deportivas vuelven a ocupar el centro de la conversación estética. Lo que antes parecía propio de un catálogo de Decathlon hoy se percibe como sofisticado. O quizá lo que ha cambiado no son las gafas, sino nuestra forma de mirar.

“Aún parece que vienen del futuro”: el regreso de las Oakley, las gafas de bakala que también llevan el juez Peinado o la princesa Ana
Es una de las marcas favoritas de la Princesa Ana.Andrew Parsons - PA Images (PA Images via Getty Images)

La historia de este regreso comienza mucho antes de que la nostalgia Y2K se convirtiera en tendencia. Oakley lanzó algunos de sus modelos más icónicos durante los noventa bajo una premisa radicalmente distinta a la de las firmas de moda tradicionales: la función debía determinar la forma. Mientras otras marcas producían gafas pensadas para complementar un estilismo, Oakley diseñaba herramientas para mejorar el rendimiento físico. El resultado fueron piezas de aspecto casi alienígena, curvas imposibles y lentes que parecían extraídas de una película de ciencia ficción de serie B. Cuando la firma recuperó recientemente modelos históricos como las Sub Zero o las Eye Jacket, muchos medios especializados recordaron que aquellas monturas habían sido durante años una especie de uniforme no oficial para skaters, surfistas y ravers. Lo que nadie esperaba era que terminaran encontrando acomodo en el mismo ecosistema de lujo donde hoy conviven Gucci, Balenciaga o Miu Miu.

Lo interesante es que las Oakley no han vuelto solas. Forman parte de una rehabilitación cultural mucho más amplia. La misma que ha rescatado los chándales técnicos, las zapatillas de running de suelas XXL, los cortavientos fluorescentes, la estética tuning poligonera o ciertos códigos visuales asociados durante décadas a la cultura bakala. Objetos que durante años fueron objeto de sátira y que ahora reaparecen convertidos en símbolos de sofisticación cultural.

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La princesa Kalina of Bulgaria fue con unas increíbles Oakley al funeral de Don Juan. Carlos R. Alvarez (WireImage)

Si existe un responsable de esta transformación, ese es Demna. Durante una década al frente de Balenciaga, el diseñador georgiano convirtió en objeto de deseo todo aquello que la moda tradicional habría descartado por ordinario, funcional o directamente feo. Su trabajo no consistió únicamente en diseñar ropa, sino en modificar la percepción colectiva sobre lo que merece ser considerado bello. Las Triple S, las sudaderas oversize, las prendas inspiradas en uniformes laborales o las gafas deportivas comenzaron a formar parte de una nueva sensibilidad visual en la que la incomodidad estética adquiría valor propio. “La línea entre lo feo y lo bello es donde la moda se pone interesante”, ha repetido el diseñador en varias ocasiones. Y pocas piezas representan mejor esa frontera que unas gafas raveras.

Su esencia es profundamente contradictoria: son futuristas y nostálgicas, deportivas y lujosas, feas y deseables… Durante décadas parecieron condenadas a existir fuera de los circuitos de legitimación de la moda. Hasta que la propia moda decidió apropiarse de aquello que antes despreciaba. Pero reducir su regreso a una simple tendencia sería quedarse en la superficie. Para entender por qué estas gafas vuelven precisamente ahora hay que mirar hacia otro lugar: la cultura rave.

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Gafas Flak 2.0 XL High Resolution Collection, de Oakley.CORTESÍA DE LA FIRMA

A finales de los noventa y principios de los dos mil, las gafas envolventes encontraron un hogar natural en las pistas de baile. La asociación no fue casual. La cultura rave compartía con ellas una misma fascinación por la velocidad, la tecnología y el futurismo. Mientras la moda tradicional seguía mirando al pasado, los clubes y festivales imaginaban constantemente el mañana. Los sintetizadores, las visuales digitales, la estética cyber y los deportes extremos formaban parte de un mismo ecosistema cultural y las gafas parecían diseñadas para habitar ese universo.

Como explicaba el periodista musical Luis Costa, autor de ¡Bacalao!, la cultura rave siempre estuvo profundamente vinculada a una idea de aceleración. “La electrónica, la velocidad, la tecnología y el movimiento construían una misma narrativa cultural”, señala. Las gafas deportivas funcionaban como una extensión visual de esa lógica. No se llevaban porque fueran elegantes, sino porque parecían pertenecer a un futuro alternativo.

Esa dimensión futurista es precisamente lo que explica su vigencia actual. Resulta llamativo comprobar cómo muchos usuarios jóvenes descubren hoy estos modelos y reaccionan exactamente igual que hace veinte años. “Aún parece que vienen del futuro”, escribía recientemente un usuario en Reddit al comentar una fotografía de unas Oakley Eye Jacket originales. La observación resume perfectamente la paradoja. Son gafas diseñadas hace más de dos décadas que continúan pareciendo objetos del mañana. Quizá porque representan un futuro que nunca llegó.

La nostalgia contemporánea ya no funciona como la de generaciones anteriores. No consiste únicamente en recuperar el pasado, sino en rescatar las expectativas que existían sobre él. Las Oakley pertenecen a un momento histórico en el que internet todavía parecía una promesa utópica, la tecnología conservaba una dimensión lúdica y la cultura popular imaginaba el futuro con formas exageradas y espectaculares. Frente a los dispositivos minimalistas de hoy, aquellas gafas parecían orgullosamente excesivas. El fenómeno conecta además con una transformación más profunda del gusto contemporáneo. Durante años, la moda aspiró a la perfección visual. Todo debía ser armónico, refinado y elegante. Sin embargo, la última década ha estado marcada por una creciente fascinación hacia aquello que escapa de esos parámetros. La estilista Lotta Volkova, una de las figuras más influyentes en la construcción de la estética post-soviética y del denominado ugly chic, ha defendido en numerosas ocasiones su interés por las prendas y objetos que transmiten autenticidad antes que belleza convencional. En cierto modo, las Oakley encajan perfectamente en esa lógica. No buscan agradar. No intentan resultar bonitas. Y precisamente por eso resultan interesantes.

Existe además otro factor fundamental detrás de su regreso: el deporte se ha convertido en una nueva autoridad estética. El auge del running, el ciclismo, el entrenamiento funcional y la obsesión contemporánea por la optimización personal han transformado los códigos visuales asociados al rendimiento físico. Las gafas deportivas comunican algo muy específico en este contexto. Hablan de velocidad, de eficacia y de preparación. Sugieren que quien las lleva está constantemente en movimiento. Incluso cuando simplemente espera un café en una terraza.

No es casualidad que figuras como Bella Hadid hayan incorporado durante años modelos Oakley vintage a sus estilismos cotidianos. Tampoco que Kim Kardashian convirtiera las gafas máscara en una pieza central de la narrativa visual construida junto a Balenciaga. Ni que artistas como Charli XCX hayan recuperado una estética que bebe directamente de la cultura rave, del anti-glamour y de los códigos visuales de los clubes europeos de principios de siglo. El lujo lleva años mirando hacia esos territorios culturales para renovar su imaginario. Lo que estamos viendo hoy es el resultado de ese proceso porque ya no son únicamente unas gafas deportivas ni un objeto nostálgico sino el símbolo visible de un cambio de sensibilidad mucho más amplio. Hablan de cómo la moda ha aprendido a encontrar belleza en lugares donde antes solo veía incorrección. Hablan de la rehabilitación cultural de estéticas periféricas que durante años fueron ridiculizadas. Hablan de una generación fascinada por un futuro imaginado desde el pasado.

Un fenómeno que, curiosamente, demuestra su efervescencia en la misma semana en la que Snapchat lanzaba sus nuevas gafas de realidad aumentada Specs. Presentadas como el siguiente paso en la evolución del ordenador personal, las gafas permiten superponer elementos digitales sobre el mundo físico, incorporan inteligencia artificial y se comercializan por 2.195 dólares. Sobre el papel representan exactamente el mismo sueño futurista que alimentó el éxito cultural de las Oakley en los noventa: la idea de que el futuro pasa por llevar tecnología sobre la cara. Sin embargo, mientras las gafas deportivas vintage viven uno de sus momentos de mayor popularidad en décadas, las gafas futuristas de la empresa tecnológica californiana han sido recibidas con bastante escepticismo por parte de analistas, inversores y medios especializados, que cuestionan tanto su elevado precio como su diseño voluminoso y sus limitadas posibilidades de adopción masiva. Algunos comentarios publicados tras su presentación llegaron a calificarlas como un producto “desconectado de la realidad” con las necesidades de los consumidores, mientras que la propia compañía ha tenido que defender públicamente la inversión multimillonaria realizada durante años en el desarrollo de esta categoría.

La comparación resulta reveladora. Las gafas inteligentes llevan más de una década intentando convencernos de que representan el futuro. Las Oakley, en cambio, no prometen absolutamente nada. No monitorizan constantes vitales, no generan contenido con inteligencia artificial ni sustituyen al teléfono móvil. Lo único que ofrecen es una estética. Y quizá ahí resida la paradoja: en una época obsesionada con la innovación tecnológica, las gafas que mejor conectan con el imaginario contemporáneo son precisamente aquellas que pertenecen a una visión del futuro imaginada hace más de veinte años. Y si hoy sobreviven es porque representan exactamente lo contrario de la corrección. Son exageradas, agresivas, ligeramente absurdas y profundamente específicas. Exactamente igual que el mundo que las ha convertido de nuevo en tendencia.


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